martes 30 de marzo de 2010

Algo más inesperado que la muerte **

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Autora: Elvira Lindo.
Adaptación teatral: E. Lindo con Borja Ortiz de Gondra.
Intérpretes: Juan Antonio Quintana, Esperanza Elipe,
Carmen Ruiz, David Luque .
Escenografía: Gabriel Carrascal.
Música: Josemi Carmona.
Iluminación: José Manuel Guerra.
Dirección: Josep Maria Mestres.
Teatro: Lara. (24.3.2010)
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Como en otras ocasiones, Elvira Lindo ha trasladado sus novelas hacia el teatro. La primera vez que se acercó fue con la adaptación de La ley de la selva, estrenada en el teatro Alfil de Madrid (15.11.1995), con la esforzada dirección de Manuel Canseco. Carecía de valor teatral con el principal recurso de los diálogos. No nos gustó nada. Volvió a aterrizar en las tablas con Manolito Gafotas, en el teatro Calderón, también de en Madrid (22.3.2001), procedente de una compañía vasca. Este fantástico y rebelde Manolito, del popular barrio madrileño de Carabanchel, lo pasó Lindo desde la radio al libro, cuya serie obtuvo siempre un formidable éxito, y lo conocieron, prácticamente, todos los chavales. Y nosotros. La versión de Algo más inesperado que la muerte sigue siendo muy insuficiente para conseguir una función ya vetusta en nuestro teatro. Ella afirma, desde su visión, que la comedia “tiene entidad propia y un estilo puramente teatral”. Su estilo, en todo caso, es el regreso al boulevard.

Lo que más nos atrae son dos de los personajes, muy bien creados e infrecuentemente retratados. Un intelectual, escritor prestigioso, ya viejo y engreído que se desinteresa por la fama o las entrevistas. Este Samuel, que lo hace el actor Juan Antonio Quintana, como siempre creador formidable de sus personajes, se ausenta de lo que le aburre, y encuentra una curiosa y disparatada tranquilidad -e incluso la satisfacción sexual- con la propia empleada de la casa. Barriobajera, descarada, valiente, feota y con un curioso cariño hacia el viejo. Y será ella quien cierre la función mostrando su talento popular con el que consigue los derechos del autor –ya fallecido, en pleno orgasmo-, y sus posesiones. Alguien podría relacionarlo con otros hechos reales. Interpreta fenomenalmente a esta Tere, en sus diálogos y juegos gestuales, la estupenda actriz Carmen Ruiz, provocando continuas carcajadas. Lo que está en medio de este sándwich es su mujer humorísticamente despreciable en su oportunismo y la infidelidad. Hace también muy bien a Eulalia Esperanza Elipe; y con ella, el joven y atractivo mal autor que la utiliza como enlace para lograr la ayuda de Samuel, interpretado el actor David Luque. Elvira Lindo demuestra de nuevo sus ricos textos. Y lo dirige correctamente Josep Maria Mestres. Esta comedia, divertida, sin duda conseguirá un gran éxito.
Enrique Centeno

viernes 19 de marzo de 2010

CALIFICACIÓN

●                   Mala 
*             Floja 
**          Bien 
***      Muy buena 
****    Excepcional

martes 16 de marzo de 2010

Calígula **

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Autor: Albert Camus.
Traducción: ?
Intérpretes: Sandro Cordero, Garbiñe Insausti, José J. Rodríguez,
Serguo Gayol, Gorsy Edú, Carlos Montoliu, Carlos Lorenzo, Balbino
Lacosta, Marina Barba, Martín Calón, Manu Hernández, Ramón
Linaza, Martín Caló, Marina Barba.
Escenografía: Dino Ibáñez.
Vestuario: Plummner.
Iluminación: Rafa Mojes, Félix Garma.
Coreografía: Paloma Díaz. Música : Jesús Salvador Chapi.
Versión y dirección: Santiago Sánchez.
Compañía L'Om imprebis.
Teatro: Fernán-Gómez (CC. de la Villa. (3.3.2010)
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Hay explicaciones para poder rechazar el sentido de este buen espectáculo. Le sirvió a Camus aquel Calígula –Cayo Julio César, s. I- para exponer de nuevo su pensamiento existencial. ¿Qué persona es este asesino? En su obra propone que su personaje se pregunte a sí mismo y que afirme que nadie es inocente para atreverse a juzgarme a mí. Es esto lo más apasionante de la obra Calígula, su proposición al público sobre aquel tema filosófico. Hay varias escenas en las que el Emperador se contempla ante el espejo, y ante su reflejo se pregunta y duda sobre su propia individualidad. En su desesperación ante el azogue, termina golpeándose furiosamente contra su imagen. No lo vemos en este montaje de hoy. Puede recordarse el montaje -hace muchos años- del desaparecido director José Tamayo: le dio tanta impresión esta lucha existencial, que encargó al actor que destrozara realmente ese espejo maldito; tenía que reponerlo en cada función. Pero para Calígula, “nada, todavía nada”.
Sería absurdo pensar que Albert Camus pretendía representar, artísticamente, pasajes históricos o inspiraciones de las grandes tragedias de Shakespeare. Confiesa el tirano que querría ser ejecutado con mucho público. En su última respiración, paladea este Calígula: “Todavía estoy vivo!”. Hay frases que pueden pasar a los finales de las grandes obras.
A la respetada compañía L’Om Imprevis, le gusta representar a los grandes personajes –como Don Juan, Galileo o Don Quijote , que hemos podido ver-, con diferentes aciertos. Su director, Santiago Sánchez, lo cuida siempre, y consigue movimientos y plásticas; aquí será mejor que no miremos la coreografía medio danzada o similar coro en varios momentos, como en la casi grotesca escena final de la conspiración y la muerte, contando con el escenógrafo Dino Ibáñez. Todo el numeroso reparto realiza una brillante trabajo.
Enrique Centeno

jueves 11 de marzo de 2010

Por el placer de volver a verla *

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Autor: Michel Tremblay.
Traducción: Pablo Rey.

Versión española: Solá, Oteyza y González Gil.
Intérpretes: Miguel Ángel Solá, Blanca Oteyza.
Dirección: Manuel González.
Teatro: Amaya. (8.3.2010)
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Ha querido el autor Michel Tremblay convertirse en el personaje de esta comedia. Será también él mismo quien explicará su sentido escénico. Comienza con un discurso –una exhibición actoral- en el que intenta romper los estilos y temas de la historia teatral, mencionando a autores, o citando frases entre títulos tradicionales y contemporáneos. Él afirma que ha llegado a ser un maestro para enamorar, entre juergas y sonrisas, reaccionarias con jácaras de diversión. Ha descubierto que el teatro debe contar situaciones comunes sin decorados, solo con actores hacia las comedias divertidas. Lo demás sería inútil. Lo que no llega a decir es que su invento es el más antiguo sistema de los espectáculos de textos baratos. Es una conferencia graciosa, que sin duda entusiasmará a un público aficionado al tradicionalismo. Al personaje de Tremblay le da risa Shakespeare, Chéjov o Beckett. Prefiere dar lecciones sobre un estilo similar al de Alfonso Paso, Alonso Millán o Paco Martínez Soria, mucho más divertidos que este autor canadiense. (Su estreno anterior -10.4.2008 v. en el blog- pasó por el Teatro Español).
    Cuando sube el telón, veremos ya a la madre –Blanca Oteyza, estupenda- y al hijo –Migua Ángel Solá-, cuyo actor retrata al protagonista a sus tres años de edad. Es un ser ya inteligentísimo y desobediente que se permite oponerse a la cultura clásica de su madre. En cada tres partes de la obra se bajará el telón y, ante él, de nuevo hablará al público como un humorista de show. El brillantísimo actor, argentino, busca las carcajadas durante toda la obra, aprovecha y explota el lenguaje argentino, con esa riqueza que todos admiramos. Miguel Ángel Solá casi lo agota, pero muestra una interpretación formidable. Capaz de llegar hasta la autobiografía del autor, presuntuoso, desde la infancia y la adolescencia hasta convertirse en un escritor a los treinta y tantos años. Finalmente, el comediante crea una escena melodramática con una fantasía -lo que él atacaba- desde el amor y la vida junto a la muerte de su madre: Por el placer de volver a verla. Y durante unos momentos, la resucita felizmente. Ya había anunciado, en el discurso inicial, que el teatro jamás tiene que terminar mal.
    Al salir del teatro, en la siguiente esquina ya no comentábamos nada sobre esta comedia.
Enrique Centeno

domingo 7 de marzo de 2010

La casa de Bernarda Alba

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Autor: Federico García Lorca.
Versión: Pepa Gamboa.
Intérpretes: Rocío Montero Mayo. Mª Luz Navarro,
Lole del Campo, Carina Ramírez, Sandra Ramírez,
Ana Jiménez, Isabel Suárez, Pilar Montero, Marga Reyes, Bea Ortega.
Escenografía: P. Gamboa, Antonio Marín.
Vestuario: Virginia Serna.
Dirección: Pepa Gamboa.
Teatro: Español. (4.3.2010)
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Irse en Sevilla a un barrio gitano, chabolista y sin alfabetizar –barrio La Vacie-, es el atrevimiento de la directora, Pepa Gamboa, al montar una obra teatral, nada menos que con nueve mujeres dispuestas a La casa de Bernarda Alba. De la tragedia de Lorca abrevian el texto –la función es de sesenta minutos- y cambian algunos aspectos, aunque respetando el argumento. No hay vestidos negros ni paredes blancas: sin casa, con los vivos colores de las gitanas sevillanas, y con un lenguaje en calé. Son interpretaciones en las que, más que nada, cuentan y se divierten, entre sonrisas, burlas y bailes. Una exhibición sencilla, sincera y recibida por el público con entusiasmo.
Es fácil adivinar a Federico García Lorca en este montaje. Su testimonio de las mujeres de la España profunda, lo vería asombrado en esta versión, donde ellas son vivas mujeres de hoy bajo el patriarcado. En nuestro caso, lo cierto es que hay excesivos cambios, tanto en los versos como en las escenas: como una de las grandes, la de la abuela, María Josefa, enloquecida por la familia, que lleva en brazos a un soñado bebé, con una “ovejita” en su regazo, a la que dedica una bellísima nana. Aquí, se juega y se burlan, con un gallo agarrado al que van desemplumando en un mutis. En el escenario se utilizan elementos sencillos, sillas u objetos diversos, un ambiente de cacharros humildes, propios de los chabolas donde viven las intérpretes. Sus bailes espontáneos producen un realismo que rompe, al mismo tiempo, con los verdaderos. Suenan igualmente adecuadísimos cantos de flamenco hondo, tanto en calé como en romaní. Recordábamos tantos versos del poeta a esta etnia: “Y los gitanos del agua/ levantan por distraerse”.
Hoy se celebraba el Día Mundial de la Mujer. Un día más para aplaudir.
E.C.

martes 2 de marzo de 2010

Rock'n'roll ***

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Autor: Tom Stoppard.Traducción: Begoña Barrena.
Intérpretes: Chantal Aimé, Patricia Bargalló,

Joan Carreras, Irene Escolar, Miranda Gas,
Oriol Guinart, Lluís Marco, Sandra Monclús,
Ana Otero, Fèlix Pons, Alba Pujol, Óscar Rabadan,
Santi Ricart.
Escenografía: Max Glaenzel.
Vestuario: María Araujo.
Iluminación: Xavier Clot.
Dirección: Àlex Rigola.
Teatro: El Matadero. (Teatro Español). (25.2.2010)
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El personaje llamado Jan es un joven nacido en Checoslovaquia, trasladado a Inglaterra -al igual que su autor, Tom Stoppard-, y que se forma en la Universidad de Cambridge. Es un tipo políticamente desconfiado, filosóficamente opuesto a la transformación, porque piensa que “la libertad es que te dejen en paz”. El actor Joan Carreras hace una formidable creación en sus diálogos, intentando explicarse a sí mismo y defender sus ideas, verdaderamente conservadoras y reaccionarias. Estamos en 1968, y la obra irá avanzando hasta 1990. El buen amigo de Jan, Ferdinand, ocupará su oposición en charlas amistosas –excelente también Fèlix Pons- que, al menos en este montaje, Stoppard hace mucho más débil, celebrando sus afectos y bailando divertido en el apartamento que llena Jan con discos de Plastic Pop o de Rolling Stones –ya, muy tarde, podremos oir a Pink Floyd y a The Beatles-, y Ferdinand de libros. Un rebozado de sal y azúcar en la oscuridad, que padece Jan en su visita a Checoslovaquia, durante aquella dura represión policial.
El otro personaje, Max, será quien confía en el futuro, creyendo en el comunismo. Desde el inicio de la obra, hasta su conclusión, se pasa por hechos históricos recientes –tras el nazismo-, desde el Mayo francés del 68. La invasión soviética de Checoslovaquia por los conocidos tanques en Praga, produjo, en aquel 1968, la indignación del propio comunismo de toda Europa; y así, hasta la caída del Muro en 1989. Es el más progresista y esperanzador del marxismo -lo interpreta estupendamente Lluís Marco-, inteligente profesor matemático en la Universidad. Su alumno, Jan, se convertirá en el ángel caído ante este maestro de la filosofía. Carlos Marx sigue en él soñando un Mundo de la igualdad, del final del Salario, Precio y Ganancia del capitalismo.
Y regresará Jan, tras veinte años, con su aspecto de sencillo trabajador, apareciendo en la reunión de las tres generaciones de Max, en ese jardín de la casa familiar, acogedora –bien recuerda a Noël Coward en La encantadora familia de Bliss-, ausente ya la esposa, Eleanor, fallecida tras una dolorosa enfermedad durante el primer acto: la actriz Ana Otero hace emocionantes escenas que el público aplaude, entusiasmado, por su interpretación brillantísima. Esta mujer, lingüísta griega, pedagógica, entiende, mucho más que ellos la filosofía dialéctica, con referencias a Safo o Sócrates, y su doble sentimiento de Afrodita y de Tánatos. Se forma en este jardín una especie de telaraña en cuyos hilos van enganchándose las diferencias y similares pensamientos. La hija de Eleanor, Esme, -también con la estupenda Chantal Aimée-, tiene una nieta. También un yerno, junto a un conjunto de estúpidos e inteligentes: a casi todos los que hay allí, el ya viejo Max, en sus enseñanzas finales, les va envolviéndo en papel de aluminio, metiéndolos en el refrigerador.
Hace ya tiempo que no aparece por Madrid este apreciado director catalán, Àlex Rigola. El último montaje que vimos fue el inolvidable Largo viaje hacia la noche, de O’Neill, y ha querido ahora traer –después de estar en cartel en el Teatro Lliure, Barcelona- esta especie de diálogo filosófico, la última obra de Tom Stoppard (2006). A este autor checoslovaco-inglés le gusta hablar de sus experiencias: la última que se representó en Madrid –aún en cartel- fue Realidad, título que podría llevar de igual manera este Rock’n’Roll, aunque nada se asemejen. Aquí se atreve a este politiquismo. No posee interés dramático, por mucho que esté muy bien escrito. En el primer acto conocemos a unos interesantes personajes y esperamos a que algo ocurra: y resulta que lo único que ocurre son palabras y discusiones políticas. Quizá, el único personaje teatral, dramático, sea el de la madre de esta familia. Salimos en el intermedio todavía interesados. Y, poco a poco, excepto en la construcción de la última escena, terminamos hasta el gorro de este opúsculo estudio. La duración es de tres horas. Lucha bien el director, para intentar montar a caballo las lentas acciones. Como también pelean los intérpretes, todos perfectos, alguno extraordinario, aunque los largos diálogos son malditos. Y el reconocido escenógrafo, Max Glaencel, diseña el asomo del porche de la casa de campo en un largo césped de espacio rectangular, a cuyos lados contemplan los espectadores; asciende un fragmento del suelo formando un foso cerrado, que imita –tan innecesario- el apartamento de los dos amigos. Salíamos del Matadero –del teatro Español- mirándonos de reojo.
Enrique Centeno