jueves, 30 de junio de 2011

Murderer (Asesino) **

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Autor: Anthony Shaffer.
Intérpretes: Ramón Langa, Paca Gabaldón,
Juan Polanco, Eva Isanta.
Escenografía y vestuario: Carlos Abad.
Dirección: Ricard Reguant.
Teatro: Fígaro. (25.8.2000)
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Humor macabro

Le gusta a Norman, el protagonista, imaginar asesinatos, y su mujer, Elisabeth, le sigue el juego. Un par de personajes más intervienen en esta ceremonia entre lo macabro y lo humorístico, un juego que recuerda a los pequeños episodios de Hitshcock (el inefable director se sirvió -en ocasiones- de textos, y el autor de este Murderer, Anthony Shaffer, del que la temporada pasada se puedo ver en nuestros escenarios La huella) en los que el enredo y el engaño al espectador es permanente.
        Murderer se encuadra, por tanto, en esa moda que entró en nuestros escenarios hace tres años para ofrecer un teatro de evasión diferente al del vodevil tradicional o a la comedia de salón: el policiaco o de misterio, presente desde entonces en nuestra cartelera. Su director más asiduo, que parece haberse especializado en el género, es Ricard Reguant, como Misery (Stephen King, también con el mismo actor Ramón Langa), La huella, Sola en la oscuridad, La trama. De manera que se sabe ya que la función tendrá esa dignidad de producto bien hecho y que tiene, qué duda cabe, su público.
    Con el oficio señalado, y en un hermoso decorado de Carlos Abad, Reguant dirige, lo mejor que puede, a Langa, a Eva Isanta y hasta lo intenta con Juan Polanco siempre con resultdos irregulares. Es Paca Galbaldón –mucho tiempo sin aparecer por los escenarios- quien llena, da la lección, se mueve y habla como una actriz. El director brilla más en los aspectos que no dependen de la interpretación: el ritmo, la iluminación, las invenciones para el montaje, para la sorpresa, para los efectos muy bien creados. El texto, muy primerizo, no es gran cosa, pero tampoco creo que nadie espere de este título algo más que un mero entretenimiento.
Enrique Centeno

Mythos ****





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Autores: Henrick Nord y Odin Teatret.
Intérpretes: Kai Bredholt, Roberta Carreri, Jan Ferslev,
Tage Larsen, Iben Nagel Rasmussen, Julia Varley, Torgeir
Wenthal, Frans Winther.
Dirección: Eugenio Barba (Odin Teatret).
Teatro: La Abadía. (1.11.2000 (Festival de Otoño)
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Un ritual sin tiempo ni espacio


Un ritual sin tiempo ni espacio

Deambulan por el espacio rectangular –gradas a dos de sus lados- algunos de los referentes de nuestra cultura, los grandes mitos del pasado revividos en una situación de hoy. La condena de Sísifo al trabajo inútil; la de Edipo sin ojos, vagando por su amor incestuoso; la Medea matadora de sus propios hijos; el audaz Orfeo, visitante de los infiernos... Han aparecido todos –con Ulises, con la Casandra de vaticinios inútiles, con Dédalo- al conjuro de un velatorio, el de un viejo guerrillero comunista que intentó la sublevación en Brasil en el primer tercio del siglo.
    Se transforma el espacio en arena, tal vez en mar o en el mismo orbe, y sobre ella deambulará el soldado idealista Guilhermino en busca de la libertad, con un bandoneón en el que interpreta La Internacional o con el que canta A desalambrar, aquella canción revolucionaria uruguaya (el espectáculo está expresamente dedicado a Atahualpa del Cioppo, creador de la compañía El Galpón, caracterizada por su beligerancia con la dictadura de aquel país). A partir de aquí, el ritual, la ceremonia del encuentro, la tragedia de la imposibilidad. Lo que Eugenio Barba crea es, una vez más, la unión del espacio y del tiempo a través de un trabajo actoral sublime, un equilibrio desgarrado y unas imágenes de tal dimensión que pueden abstraernos, en efecto, de cualquier referencia temporal para mirar todo aquel portento desde una extraña distancia donde lo cotidiano se mezcla con lo ancestral.
    No es fácil explicarlo: hay que verlo, conmocionarse en La Abadía, porque el Odin Teatret, una de las formaciones más importantes del mundo, hace unos trabajos, siempre bajo la dirección de Barba, cuyo “teatro antropológico” no se parece nada a ningún otro.
    Otro elemento que causa asombro es la impresionante preparación actoral, el equilibrio corporal y vocal, el dominio de cualquier técnica para encararse a los más arriesgados momentos, por mucho que los ingenios escenográficos, sorprendentes en su sencillez, apoyen esta ceremonia de amor y muerte, de imposibilidad y de esperanza. Este es uno de esos espectáculos en los que el teatro recobra su valor de reflexión, de conmoción, de provocación.
Enrique Centeno



Palabras encadenadas **

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Autor: Jordi Galceran.
Intérpretes: Àngels Goyalons, Carlos Sobera.
Escenografía: Jon Berrondo. 
Dirección: Tamzin Townsend.
Teatro: Infanta Isabel.
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Página de sucesos

El día que estamos escribiendo esta nota crítica, un hombre joven, de profesión bombero, ha degollado en Madrid a su esposa con un puñal, un hecho que se está repitiendo con demasiada frecuencia. De modo que habrá que convenir que Palabras encadenadas, además de pertenecer a ese género de terror, o de intriga, está lejos, desgraciadamente, de la ficción. Su protagonista es también un funcionario aparentemente gris, y, su víctima, la ex esposa a la que ha secuestrado.
    Se teatraliza todo, claro está: él ha preparado minuciosamente una sala de tortura, una bóveda propia del doctor Calighari provista de sillas y potros para la tortura, aunque ésta se produce de un modo más psicológico que físico. Un psicópata, se piensa; y, sin embargo, a medida que la función avanza vemos que en realidad se trata de un tipo vulgar, sin aparentes trastornos. Se ha introducido en el juego de la muerte, y ella tratará de neutralizarle –no es una simple ama de casa, como suele ocurrir en la realidad- en un encuentro dialéctico continuo.
    Es ese juego el que se le va de las manos al autor. Media docena de situaciones diferentes –desde la violencia al razonamiento, desde la trampa de ella al derrumbamiento aparente de él o hasta el macabro desenlace-, que se alargan demasiado, que repiten incluso diálogos textualmente, que cansan mucho apenas entrar en cada una de ellas. Agilidad dramática, diríamos que es lo que falta.
    La función se desarrolla en un espléndido decorado, de esos a los que nos tiene acostumbrados el escenógrafo Jon Berrondo, y hace todo lo que puede la directora para salvar esa reiteración a la que nos referimos. La La función, aparte de los elementos visuales, excelentes, cuenta con una actriz magnífica, Àngels Goyalons y con Carlos Sobera, correcto sin más. Da la impresión de que la obra –que se estrenó con otro reparto hace un par de años en catalán, por el Centre Dramàtic de la Generalitat de Catalunya- podría mejorar mucho con algunos recortes.
    Al parecer, el género está calando entre el público: un día normal, de diario, el teatro Infanta Isabel estaba casi lleno de espectadores heterogéneos que siguieron con mucho interés la representación.
Enrique Centeno

Pippi Calzaslargas ****

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Autores: Sebastián y Götestam.
Intérpretes: Vanesa Fernández, Enrique Anaut, Edith Sierra,
Raquel Soto, Maurico Villa, Óscar Martínez,
Emilio Morales, Jorge Pérez, Leandro Rivera, Noemi Carrión, etc.
Vestuario: Mayte Álvarez.
Escenografía: Alfonso Barajas.
Coreografía: Osky Pimentel.
Dirección musical: Juan Cánovas.
Dirección: Ricard Reguant.
Teatro de Madrid. (22.12.2000)
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Esta ácrata de pelo rojo


Fue el icono infantil de los años 70, que muchos padres devoraban también ante el televisor, porque el personaje literario, creado por Astrid Lindgren, representaba lo que todos hubiéramos deseado ser de pequeños y, en algunos casos, lo que querríamos para nuestros hijos. Pippi solo se le podía haber ocurrido a una mujer, porque esta niña estrafalaria de pelo rojo, representa la libertad de su propia condición femenina, luchando contra los esquemas de un mundo que intenta echársela encima. Anárquica e independiente, la niña, aparentemente inconsciente, defiende un sistema de vida que horrorizó a no poca parte de nuestra sociedad de entonces, porque sus actitudes y comportamientos escandalizaban a las mentes bienpensantes. Lo cual, no hace falta decirlo, añadía un valor más a la rebelde pelirroja.
    Pippi, huérfana de madre y con un padre pirata, constituye una antiheroína libertaria. Se burla de la asistente social que intenta integrarla y hacer que abandone su vida en solitario. La niña detesta el colegio, que es su obligación; se lleva fatal con los policías, a los que pone en ridículo; prefiere a los ladrones que intentan robarla, porque ellos mismos son pobres y terminan por hacer amistad con ella. Y sólo un valor, el de la amistad, es capaz de enternecerla y de dar sentido a su vida.
    Regresa ahora Calzaslargas en forma de musical, en un espectáculo formidable en el que una muchacha, hasta hoy desconocida, Vanesa Fernández de Córdova, le presta su físico, su gesto y su magistral interpretación, tanto en los momentos hablados como en las canciones, lo mismo cuando se enreda con el público, y que hace mover sus calzas en bailes, coreografiados muy bien para servir al propio personaje. Están muy bien todos los demás, incluyendo al fantástico caballo y, desde luego, al estupendo decorado, una casa encantada que se abre y cierra, que se transforma por delante o por detrás, y por la que Pippi se mueve como un duende ácrata. Muchos actores, una música excelente sobre la cual se interpreta con perfecto sonido, y con mucho gusto. Un espectáculo colorista sin necesidad de ser ñoño. Una función para niños que, como entonces, disfruta todo el mundo. Un teatro que no confunde a los pequeños con los enanos de mente, y los trata con la inteligencia de la sueca Lingrend, la autora, quien concibió este revolucionario personaje. En el teatro de Madrid está, sin la menor duda, el mejor espectáculo infantil que se ha visto en la ciudad desde que este crítico tiene memoria. No llevar a sus hijos, amigo lector, sería imperdonable.
Enrique Centeno





Quijote ***

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Autor: Jaume Policarpo.
Intérpretes: Jaume Policarpo, David Durán.
Escenografía: Jaume Policarpo
Dirección: Carles Alfaro.
Teatro: La Abadía. (13.12.2000)
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Muñecos para adultos



Dentro del extenso mundo del teatro de títeres hay un género en el que los manipuladores están presentes en el escenario. Se adueñan de los personajes, los mueven a su antojo, los dan vida y, bajo su vestimenta neutra, pasan desapercibidos aunque se los vea. Es una hermosa convención que, desde hace años, se acepta con placer, a veces con muñecos tan grandes como los propios manipulantes. Esta técnica, alejada del tradicional teatro de hilos, de guante, de sombras o de varillas, permite fantasías distintas, posibilidades muy curiosas, porque el doble juego entre el dueño y su muñeco hace posible un guiño especial, en el que parece que estemos ante un dios con su criatura. Esta clase de titiriteros suelen autocalificarse como actores-manipuladores, como si los que practican las otras técnicas no fueran exactamente lo mismo, cuando en realidad la única diferencia reside en que a unos se los ve –no siempre con fortuna-, y otros permanecen ocultos. En este espectáculo, por ejemplo, molestan los manipuladores cuando quieren intervenir en el mágico mundo creado para los muñecos, porque, como actores de carne y hueso, dejan mucho que desear.
    Quijote es un bellísimo espectáculo, a pesar de todo. Una representación para adultos, dejémoslo claro, y además para quienes conozcan la novela de Cervantes. Lo que hace la compañía valenciana Bambalina Titelles es una interpretación poética del mito de don Quijote, centrándolo sobre todo en la relación con su anverso y a la vez gemelo Sancho. Ya se comprenderá que, en poco más de una hora, la compañía se propone ciertos aspectos de la obra cervantina. La locura maravillosa de Alonso Quijano, algún episodio de su primera salida –es formidable la escenificación de los molinos- y forzosas elipsis desde el vuelo imaginado sobre el Clavileño, hasta el combate con el caballero de la Blanca Luna, y, finalmente, su consiguiente fallecimiento, rodeado de libros y, sobre todo, de su entrañable Sancho.
    Poesía, reinterpretación, comprensión de los personajes, de la historia y de la época. No es poca cosa, y el espectáculo se sigue con emoción –ya hemos dicho que sobran las intervenciones personales de los estupendos manipuladores-, seguramente conseguido en parte gracias a un admirado director de teatro, Carles Alfaro, que ha prestado su talento para este encantador montaje.
Enrique Centeno

Roberto Zucco ***

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Autor: Bernad-Marie Koltès.
Intérpretes: Tristán Ulloa, Yolanda Robles, Myriam Gallego,
Manuela Paso, Raúl de Tomás, Javier Gutiérrez, Belén
González, Maximiliano Márquez, Margarita Lascoiti,
Marilyn Torres, Juan Carlos Moya, Javier Lago, etc.
Escenografía: Teatro del Duende.
Dirección: Jesús Salgado.
Teatro: Cuarta Pared. (11.1.2000)
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De nuevo con Koltès


Bernard-Marie Koltès
 Con el estreno de Roberto Zucco coinciden en nuestra cartelera dos obras de Koltès. En ambos casos, se ofrecen en teatros fuera del circuito convencional, una en el Círculo de Bellas Artes (En la soledad de los campos de algodón) y ésta, que hoy comentamos, en una de las más prestigiosas salas alternativas, Cuarta Pared. Esta doble circunstancia trae consigo, por fuerza, la repetida reflexión sobre la común cartelera, ocupada por el teatro que no afronta el menor riesgo, y que parece dormitar junto al viejo espectador.
    Roberto Zucco fue estrenada, hace diez años, nada menos que por Peter Stein, en la berlinesa Schaübuhne, y está basada en un hecho real, como lo fue en su tiempo el mítico Woyzeck de Büchner. La referencia viene a cuento porque guardan una cierta similitud, ya que ambas echan una mirada al marginado, al perseguido y condenado, intentando averiguar qué hay tras él, qué biografía oculta le ha llevado a la situación del crimen –Woyzeck asesinó a su mujer-; Zucco, a su madre y a él mismo, suicidándose desde el tejado de la prisión, tras entregarse a la justicia- y por qué su conducta cotidiana –en ambos casos anda la milicia por medio-, porque el de Büchner era soldado y éste también lo es-, y ¡está teñida de violencia.
    Esta es una obra bronca, dura en su lenguaje, en sus formas, en sus situaciones. Montaje difícil, de largo reparto, y con la que la nueva compañía Teatro del Duende irrumpe con mucho riesgo y excelentes resultados. Especialmente en lo que se refiere a la estupenda dirección de Jesús G. Salgado y la actuación coral de un equipo disciplinado, riguroso y más que correcto. La puesta en escena, difícil por su escenografía, sus movimientos colectivos, su trágica ambientación, se resuelve bien a pesar de las naturales limitaciones de la sala, y se sigue con conmoción y una permanente sorpresa hacia cuadros que logran una plástica emotiva, bella e impactante.
Enrique Centeno

martes, 28 de junio de 2011

Panorama desde el puente ****

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Autor: Arthur Miller.
Versión de Eduardo Mendoza
Intérpretes: Chema Muñoz, Helio Pedregal, Ana Marzoa,
Yael Barnatán, Israel Frías, Iván Hermes, Luis Rallo,
Paco Ureña.
Escenografía y vestuario: Andrea D’Odorico.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Albéniz. (5.4.2001)
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"No comprendo este país”

 

Panorama desde el punte es una de las varias miradas críticas de Arthur Miller hacia su propio país, escrita en 1955. Un brutal drama familiar que tiene como fondo el problema de la inmigración. Algo que él mismo conocía bien, puesto que era hijo de emigrante de origen judío. Más de cincuenta años después, la obra mantiene la actualidad de los grandes clásicos, la emoción del sabio maestro, y la curiosa oportunidad con la que se monta ahora, cuando la xenofobia se implanta en la sociedad española, como en su día lo hizo en la norteamericana, tanto desde la vida cotidiana como desde las propias instituciones.     
    Eddie (Helio Pedregal), un modesto estibador en Nueva York, tiene acogida en su casa a la joven sobrina (Yael Barnatán) en una relación casi enfermiza de posesión y celos. Lo sabe su esposa (Ana Marzoa), y la situación comenzará a estallar cuando llegan a la casa dos nuevos acogidos, familiares italianos ilegales, “sin papeles”, porque de uno de ellos se enamorará la joven ante el estupor del dueño de la casa, que comenzará una degradación total hasta la traición más abyecta.
    La historia –en versión de Eduardo Mendoza- la cuenta uno de los personajes, un abogado-narrador (Chema Muñoz), que además reflexiona sobre la tolerancia, sobre el conflicto mismo, sobre los extraños comportamientos de la persona. En realidad, la brutalidad de este Panorama desde el puente es, al mismo tiempo, de completa verosimilitud, como corresponde al teatro realista de Miller, y, quizá por eso, uno de los personajes asegura en un momento que no puede comprender “este país”. Sus palabras, como otras muchas, llega hoy al patio de butacas como escrita aquí y ahora, y produce, entre la emoción del drama, la reflexión continua sobre nuestra propia incomprensión de lo que pasa en este país.
    Santo Dios, qué montaje. Ante una maravilla de escenografía, donde la casa se atrapa en la magnificencia de los rascacielos, la lección de Narros dirigiendo actores y creando clímax. El pasmo que producen sus intérpretes, todos ellos de altísima calidad, todos ellos conmoviendo y haciendo emanar energías y talento. Conmoviéndonos desde sus diferentes contradicciones o tragedias. Muñoz, Pedregal y Marzoa especialmente, tocan ya el techo de lo excepcional, de lo genial. Un espectáculo, en fin, para la memoria.
Enrique Ceneteno

Pa siempre ***

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Autor: Sebastián Junyent.
Intérpretes: Txema Blasco, María Galiana, África Gozalbes,
Fernando Albizu, Antonio Abella, Ana Escribano,
Jesús Cisneros, Pepe Pascual.
Escenografía: Dos puntos.
Dirección: Sebastián Junyent.
Teatro: Reina Victoria. (25.4.2001
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Bajo una historia tierna y sentimental, como el bolero que suena de fondo, e incluso sobre el humor continuo de sus escenas, este último estreno de Junyent (mucho tiempo sin estrenar: Gracias, abuela, es de 1990, y Sólo para mujeres del 92) es, en realidad, el drama de la imposibilidad, puesto que su argumento camina junto a la tragedia de la historia de España.
    Arranca la trama el 14 de abril de 1931. Una muchacha que utiliza la bandera republicana como chal, y un joven ilusionado por el futuro, van a compartir una buhardilla y un montón
MARÍA GALIANA DEBUTÓ EN EL TEATRO
PROFESIONAL CON ESTA OBRA

de proyectos rompiendo con todo lo anterior. Y, como la propia República, presenciaremos cómo todo se va yendo al traste, con una guerra perdida, la persecución, la huida, la necesidad de la mujer de recomponer su vida con una nueva pareja... Todo es, en medio de jocosas escenas, de una tremenda tristeza, porque es contado por los protagonistas mediante un discutible recurso, que consiste en que, tras su doble suicidio, se han quedado como espíritus en la vieja buhardilla (“una eternidad es “pa siempre”, había vaticinado ella, frase de donde se obtiene el feo título de la obra), el viejo nido por el que ahora pasan presuntos compradores y donde, finalmente, se quedará una joven pareja que parece representar la esperanza, tal vez el enterramiento de tanta monstruosidad histórica como la que tuvieron que padecer los protagonistas.
    Escribe muy bien Junyent. Y construye bien, aunque ya queda dicho que el manido recurso de los espíritus –anda por ahí, en cuanto al sentido del humor, cierta herencia de Jardiel Poncela- pueda ser considerado demasiado fácil. Pero cuenta con un reparto excelente, con una María Galiana cuyo debut en el teatro profesional es sorprendente por su fuerza dramática, su aplomo y su capacidad comunicativa. África Gozalbez, hace un personaje muy rico, espléndida desde su ingenuidad del principio hasta momentos formidables de dramatismo: ya la habíamos visto rendir muy bien cuentas desde la escena a quienes sólo alaban su trabajo televisivo. Varios personajes de esos que se denominan episódicos los hace con mucha gracia y versatilidad, con las trampas convenientes y medidas, un estupendo Fernando Albizu. El resto del reparto mantiene una más que digna calidad, y el autor ha dirigido con un sentido excelente del ritmo bolero, tango, memoria e himno al mismo tiempo. Así lo entendió el público, que se entusiasmó la noche del estreno.

Enrique Centeno







lunes, 27 de junio de 2011

Otelo ***

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Autor: William Shakespeare.
Versión de Luis García Montero.
Intérpretes: Juan Manuel Lara, Antonio Garrido, Irene Pozo,
Eduardo Velasco, Marilia Samper, Francisco Morales,
Luis Ruiz-Medina, Luis Centeno, Julián Ternero, Eva García-Vacas,
Juan Duque, Rafael Galán.
Vestuario: Mercè Paloma.
Escenografía: Vicente Palacios.
Dirección: Emilio Hernández.
(Centro Andaluz de Teatro)
Teatro. La Comedia. (5.5.2001)
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Más allá de los celos

Solo el arte teatral puede continuar vivo partiendo de autores del pasado. Por eso una ópera –pongamos por caso el Otelo, de Verdi- sirve para hacer monumentos al conservadurismo, para que la aristocracia aficionada se mire en las plateas con la única rivalidad de estar de acuerdo o no en el metal de la orquesta, el aria de tales o cuales cantantes, el tenor divo de turno o la soprano han bordado su monólogo o lo han estropeado: el arte viejo, ese que perpetúa viejos esquemas para unos cuantos selectos espectadores. Lo que arranca el teatro es otra cosa: la reinterpretación de un texto de hace cuatrocientos años, su vigencia, lo que hoy nos toca las tripas y lo que a todos nos importa, a los miles y miles de espectadores que no precisan, para su comprensión, sino ver en cada obra el espejo de cada día.
    El comentario viene a cuento porque Otelo, de Shakespeare, es una grandiosa tragedia que hace muchísimos años que no se ve en nuestros teatros; y también porque este montaje es una visión contemporánea alejada de fáciles clichés operísticos. El Centro Andaluz de Teatro ha querido ver qué es lo que en realidad nos importa hoy sobre aquel moro de Venecia, porque más allá del tema de los celos hay instalados en la obra del bardo inglés análisis sobra la ambición, el poder, la traición y la corrupción que con frecuencia se obvian, posiblemente por una cultura tan esquematizada como la operística.
    La creatividad, el genio y la apuesta del director, Emlio Hernández, no tienen porqué abocar forzosamente en el acierto. Una escenografía incomprensible –compuesta por una amalgama de cajas acústicas en un espacio desnudo-, algunos irritantes actores de exhibicionismo enfermizo, o una adaptación libérrima, de Luis García Montero, bien escrita pero que niega demasiadas cosas, son defectos importantes. Y, a pesar de todo, estamos ante un hermoso espectáculo, con algunas escenas antológicas y donde, sobre todo, se desentraña la pasión y la inquietud del propio Shakespeare para que todos continuemos sabiendo por qué es el genio universal de la escena de occidente.
Enrique Centeno

martes, 14 de junio de 2011

Las gracias mohosas **

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Autora: Feliciana Enríquez de Guzmán.
Adaptación de Juan Dolores Caballero
Intérpretes: Benito Cordero, José Machado, Juan José Macías,
Mostapha Bahja, Eva Rubio, Lina Noguero, Azahara Montero,
Alex Peña, Abel Mora, Juan Luis Corrientres.
Composición musical: Inmaculada Almendral.
Vestuario: Mai Canto.
Dirección: Juan Dolores Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (8.6.2011)
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Terminará, con esta función, la temporada de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que durante los últimos siete años ha sufrido y caminado hacia el hundimiento, tras el esfuerzo con el que consiguió su  prestigio desde su formación en 1985.  Esperemos que el nuevo equipo entrante –con la directora Helena Pimenta- logre levantar, entre las cenizas, el ave fénix que nos devuelva el Siglo de Oro. Recemos al Olimpo o a Dios.


  Ha sido invitado el Teatro del Velador, compañía sevillana que aparece por Madrid de vez en cuando, y cuyo estilo, singular, forzosamente nos hace acudir con todo interés. Le atrae las tinieblas, el absurdo, la deformación y el feísmo -La noche, El deseo atrapado, La bella cuisine-, y nos muestra ahora Las gracias mohosas, una pieza breve plagada de máscaras y locuras de carnaval profano. Burla religiosa en cuyo escenario se instalan grandes candelabros con bronces en los que se irán encendiendo las velas entre el incienso, ocupando el centro la consagrada hostia, entre danzas de caretas y cabezudos. La pasión de este esperpento es toda una tentación para el estilo de El Velador. Han navegado y descubierto este texto -en prosa-, de la casi desconocida Feliciana Enriquez de Guzmán (1560-16389), una de las escasas dramaturgas entre el Renacimiento y el Barroco. Se alargará esta adaptación hasta una duración de algo más de una hora. Ya en el original se juega con la deformación en el cercano esperpento. El director, Juan Dolores Caballero – siempre responsable de esta compañía-, ha subrayado más todavía el feísmo y la oligofrenia de estos personajes: adefesios como el cojo, el enano o mutilados dentones en sus voces con textos disparatados o inimaginables: todo está en los mohos.
    El tema se centra en la aspiración de los seis hombres a conseguir el casamiento con la mujer –una altísima de coturnos, otra bajita, otra feísima- enfrentándose por encargo del propio padre. Una batalla grotesca entre subnormales.
        Es una magnífica combinación de plástica corporal –con canciones populares o ritmos de carnaval- con el rico vestuario de Mai Canto. Vibrante ritmo, sin respiración para no detenerse un momento. Juan Dolores se ocupa mucho menos de la pronunciación de los duros actores, algo que ya le ha ocurrido en las demás obras. Quien muestra su perfecta dicción es el padre -“Baco”-, que interpreta José Machado.
    Lo vimos el día siguiente del estreno y vimos el placer de todo el público, la diversión entre el asombro y la pura carcajada. Se lo merece esta compañía.
Enrique Centeno