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Autor: Venedikt Eroféev.
Adaptacion teatral de Ángel Facio.
Intérpretes: Alfonso Delgado, Sergio Macías.
Escenografía: Nicolás Bueno.
Vestuario: Begoña de Valle-Iturriaga.
Iluminación: Jaime Llerins´
Dirección: Ángel Facio.
Teatro: Español. ( 6.10.2011)
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Fotos: Chicho |
Ebrio en el rail
No es muy largo el viaje en un tren de cercanías. Pero desde Moscú a Petuskki, el etílico hará el último de su vida, con el deseo de llegar al Purgatorio. En un resumen lo cuenta primero el Ángel de la Guarda, impoluto de blanco, a quien ya le retiraron las alas por haber fracasado ante este Benito; tan ingenuo y tierno, que seguramente, el borrachín no debió rezar el necesario “No me desampares/ ni de noche, ni de día”.
Trasladada al teatro por Ángel Facio, este relato pertenece a la novela de Venetikt Eroféev (1938-1990), quien murió, como este personaje, a causa de su alcoholismo; al parecer, se trata de una autobiografía con algún futurismo. En su conocida oposición al régimen soviético, fue censurada esta Moscú-Fin de la línea (título de la novela), y el autor fue detenido y condenado. A Facio le ha debido entusiasmar para representarla.
Benito –así se le llama a Venedikt- aparecerá como un desgraciado, vagabundo, hablador de sí mismo, borracho y mendigando el alcohol. En su pérdida, solo aspira a llegar a Petuskki para encontrarse con su querida puta. Así pudo subir al tren de cercanías. Entre estación y estación, va encontrándose en su vagón a diferentes viajeros, incluyendo al encargado Revisor. Avanzando en su borrachera, conversará y ofrecerá su bebida: al abstemio, a la mujer subnormal, a un anciano tembloso, o a un elegante funcionario.
Estas escenas juegan con el humor –siniestro- o con situaciones sorprendentemente crueles: el público, en todo caso, se carcajea.
Intenta el Ángel de la Guarda, inútilmente, corregir el comportamiento de Benito cuyo escapulario luce ingiriendo el vino y el vodka. Y también andan por ahí, espíritus de cuentos de Chéjov, de Gogol o de Tolstoy, nombres que se mencionan entre los asientos, el pasillo o la plataforma del vagón.

Ya conocíamos el talento de Sergio Macías, y en esta ocasión cuenta, además, con un regalo de exposición. Su personaje principal es ese Ángel, blanco y rubio, llegado tiernamente del Olimpo. Tan sincero, que dan ganas de ponerle en el altar. En su primer diálogo se gana al espectador y se le agradece que nos avance la historia que sucedió en aquel tren de cercanías. Y se hace cargo de hacer los seis personajes. En mutis o en oscuros, desaparecerá para transformarse, de un modo genial, en un estilo algo sátiro, algo remarcado para lograr diferencias en rostros, voces y vestuarios.
La dirección de Facio se demuestra más en los personajes variados, en la burla y la ironía. Aquí, además de la biografía realista, ha añadido al final una proyección de un montaje sobre el comunismo soviético. Es también largísimo. Aparecerán lo mismo Lenin como Trotsky, entre soldados alineados o masas alienadas; creo que algunos planos de El acorazado Potemkin o el rostro del Zar aún en el Palacio. En blanco y negro o teñidos de rojo. Es, posiblemente, el acuerdo con el conservador Eroféev, quien sabe, un simple recuerdo histórico: lo cierto es que no lo comprendimos bien.
Enrique Centeno
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