jueves, 29 de diciembre de 2011

Alicia ***

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Autor: Daniel Pérez.
Basada en la novela de Lewis Carroll.
Intérpretes: Marta Eguía, Niko Verona,
Lorena Roncero, Raúl Chacón, Daniel Guersi, 
Socorro Anadón.
Diseño y vestuario: Agatha Ruiz de la Prada.
Dirección: Jaroslaw Bielski.
Teatro: Réplika. (27.12.2011)
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Alicia en Navidad

En cuanto apareció, Alicia fascinó al público con el silencio y sus miradas fijas, echada  e intentando leer un gran libro de cuentos sin dibujos. Con su vestido azul y un delantal blanco (así la vistió el autor en sus dibujos) va tendiéndose  hasta quedar dormida. Es el  inicio de los capítulos que dedicó Carroll a su enamorada Alicia en el País de las Maravillas. Y al empezar su esperado sueño, grita un niño: “¡Es un conejo!”, uno de esos misterios -el primero- que irán contándose en los episodios. Supusimos que los intérpretes se sintieron ya tranquilizados, seguros, al percibir el calor de los niños.
En la obra que se representa, figura como autor Daniel Pérez, con el apellido de “Basado en Alicia en el país de las Maravillas, de Lewis Carroll”. Poca justicia. Para convertirlo en escenas, traslada los textos a una ingeniosa versificación, muy eficaces entre pareados, cuartetos o redondillas  que aumentan aún más las ironías, los disparates y las sorpresas. Diálogos a los que se incorporan músicas y  bailes deliciosos. Se dirige esta función a niños de entre 4 y 6 años -creemos, pero aconsejo como pretexto también para los mayores-, y se consigue un entusiasmo continuo.
El director de Réplika, Jaroslaw Bielski, no ha utilizado demasiada escenografía: un panel de juego y proyecciones efectivas, algún muñeco –pocos, afortunadamente-. El vestuario se lo ha pedido a Agata Ruiz de la Prada, quien lo ha diseñado con su habitual estilo, y que en esta ocasión parece hecho a medida para Alicia. Más de diez personajes son representados genialmente por los seis intérpretes, tanto en los diálogos como en las canciones, con brillantes coreografías.
Es natural que sea Alicia quien centre todos los acontecimientos. Lo hace la actriz Marta Eguía, que, en cuanto aparece, seduce a los niños, quienes creen ver a una auténtica niña. Y es verdad, porque se transforma en una pequeña adolescente. No se trata de poner vocecitas imitadoras, sino de crear al personaje, que domina igualmente la danza. Bielski ha organizado todas las acciones en ritmos vivos, enlazando episodios. Es uno de los escasos montajes de teatro infantil merecedores del aplauso frente a las multiplicadas  torpezas  navideñas.
Enrique Centeno

lunes, 26 de diciembre de 2011

La avería ***

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Autor: Friedrich Dürrenmatt.
Versión teatral de Fernando Sansegundo.
Intérpretes: Daniel Crau/ Blanca Portillo, Emma Suárez,
Fernando Solo, José Luis García/ Miguel Hermoso,
Asier Etxeandia, José Luis Torrijo.
Vestuario: Elisa Sanz.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Música: Pablo Salinas.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Dirección: Blanca Portillo.
Teatro: El Matadero. (20.12.2011)
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Los cerdos del juicio


Esta vetusta casa, oculta en la soledad, se ofrecerá a un viajero y será convertida  en una falsa jaula -de paredes-. Un reclamo con cebo para atraer a este Traps, tras la avería de  su orgulloso automóvil Stubebaker. Son sus anfitriones el incomprensible propietario y la espumosa mujer como cuidadora de la mansión. Inquieta este encuentro, en el que se opone la simpática felicidad del recién llegado y esa pareja de andares y desconcertantes palabras en su recibimiento subterráneo. A Traps le hace cierta gracia, pero bien se adivina que esa noche algo potente va a ocurrir. Es como una novela de misterio y de crimen. A Friedrich Dürrenmatt le gustó siempre la intriga. Pero en su novela (adaptada al teatro por Fernando Sansegundo), incorporará su ironía y, sobre todo, el compromiso de su teatro político.
   Ha creado la escenografía el admirado Andrea D’Odorico, tan conocedor de las construcciones arquitectónicas. Una  polvorosa gran librería que cubre el muro, iluminada tenuemente por pequeñas vidrieras amarillentas (lo diseña Pedro Yagüe). Y aquí también llegarán, enseguida, tres esperados e inquietantes personajes: apergaminados individuos, de rostros y trajes en  una mezcla de estilo gótico y actual, con una sensación ambiental que nos acerca al Teatro Furioso de Nieva. Imágenes cuyo vestuario ha creado Elisa Sanz. 
En una bestial cena montada y bañada entre los vinos, irá calificándose esta piara de cerdos, rodeando los caracoles, el pollo  o las verduras y arrastrando sus hocicos  por los suelos. 
Son escenas de horror carcajeado. Y luego sabremos que se trataba de un Juez –el dueño-, el Fiscal, el letrado Defensor y el preparado Verdugo. En el banquillo colocarán al acusado (Trops, que había  conseguido llegar a la dirección de su empresa) del crimen cometido. 
    Toda la vista del juicio es una cínica borrachera para la condenación,  pero Dürrenmatt lo lleva al desprecio de la Ley y de los asesinos: ¿quién puede ser más culpable, cómo distinguir en la putridez  la justicia,  la culpabilidad  y hasta la ejecución? Como en su Proceso por la sombra de un burro. No nos será posible dar así una solución. Se acabó el buen humor entre el cinismo y la Audiencia convertida en una maldad esquizofrénica.
   
 No ha querido Blanca Portillo dirigir este montaje con actores maduros para estos viejos personajes. Ha utilizado a sus intérpretes con complejas caracterizaciones, maquillajes y pelucas, procedimiento -muy de cine -que aumenta el infierno de la obra. Ella misma hace –hombre y viejo- el personaje de Juez; fue casualidad poder verla en una de sus tres  representaciones en la que sustituyó a Daniel Grao, logrando un formidable trabajo. 
   Es todo el reparto –incluyendo a Portillo- un plato de lujosa  degustación para el público. José Luis García-Pérez se ocupa de Traps, ese sujeto aparentemente inocente que domina el humor, su incomprensión, y que llega a padecer su condena; es brillante, eficaz y sabio en su desdichada noche de La avería. El fiscal Ronz es cercano al temible Nosferatu, impresionante, que interpreta Asier Etxeandia riquísimo en sus voces, cuerpo vivo entre la muerte. Mademoiselle  Simone es volante  y fantasma, cuyo aspecto y caracterización casi nos impide reconocer a Emma Suárez, quien  crea, por sorpresa, una  diosa demonio, jugando entre las tinieblas seductoras y el terror. Interpreta muy bien al cerdo perdedor del Defensor, el estupendo actor Jose Luis Torrijo. Y el Verdugo feliz lo hace formidablemente Fernando Soto. Vaya colección de actores. Portillo lo lleva todo con mucho talento.
Enrique Centeno

Un sueño de una noche de verano *

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Autor: William Shakespeare.
Adaptación y diercción: Vanessa Martínez.
Intérpretes: Mon Ceballos, Eva Higueras, Pablo Huertos,
Pedro Santos,  Gemme Solé.
Escenografía: Miseria y hambre.
Vestuario: Cyril Wicker.
Iluminación: Sergio Torres.
Audiovisual: Néstor L. Arauzo.
Compañía Teatro Defondo.
Teatro: Fernán-Gómez. (22.12.2011)
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Un sueño sin gozar 

Se presenta esta función infantil con el título de Un sueño de una noche de verano, de William Shakespeare. Se trata en realidad de una “versión” de la directora Vanessa Martínez, y se anuncia como “Shakespeare para niños”. Lo que se proponen es contar brevemente el argumento, y para ello van también cortando las acciones para explicar lo que va a continuar.
    La idea consiste en que, una supuesta compañía de aficionados va a representar la obra de Shakespeare. Y comienzan  los cinco miembros la preparación del ensayo, vestidos, humorísticamente, de trabajo con monos de colores y signos de sus profesiones. Buscan hacer reír y se comportan como algo cercano a la tontería de estos buenazos. Reparten los papeles e irán cambiando sus vestuarios tras una gran caja, movible y variable, que ofrece lo más gracioso de la función.
    Cada uno de los actores se  triplica para transformarse en los diferentes personajes y continuamente aclaran lo que quieren saber y lo que quieren hacer. El complicado enredo de la comedia  es ya bastante como para reducir todo el montaje a saltos y cortes  a una hora de duración. De modo que es absolutamente imposible desenredar la obra de Shakespeare junto a las farsas. Son graciosos, juguetones, con payasadas algo vacías.
Hay una costumbre tradicional en la que se habla a los niños con voces arrastraditas en ritmos ridículos. Hace ya mucho tiempo que intentan los pedagogos evitar ese perjuicio. Hablan a veces en tonos de dibujos animados, o como si ellos mismos fueran un poco ignorantes. Es el mayor disparate de esta puesta en escena. La respetada compañía Teatro Defondo debe formarse cuando intente trabajar para los niños.
    A pesar del buen hacer de los actores, lo cierto es que los pequeños espectadores se quedan en blanco. Una niña junto a mi butaca levantaba la barbilla hacia su padre, y le miraba con el entrecejo: quería preguntar qué estaban contando.
    Qué peligroso es hacer teatro infantil. Hay una buena lista de nuestros dramaturgos que facilitarían textos de fantasía o de realismo, que saben abrir los ojos y volver de nuevo al teatro.
Enrique Centeno

sábado, 17 de diciembre de 2011

Tocar madera **

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Idea y Dirección: Gustavo del Río.
Dramaturgia: Luis Andrés Gómez.
Intérpretes: Pedro Martín, María Toledo, Nicolás Gaude, 
Natalia Narbón, Irene Ballester, Luis Andrés Gómez.
Vestuario: Charo Vicente.
Escenografía: Manuel Enríquez.
Coreografía: Pablo Esbert e Irene Ballester.
Teatro: Cuarta Pared. (14.12.2011)
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Terminar antes de empezar

La idea y la dramaturgia –Gustavo del Río, Luis Andrés Gómez-, muestran sus sensaciones, sus versiones o situaciones sobre la actualidad. Es una especie de imposibilidad, un lamento ante el final del mundo. Son los vencidos antes de empezar a nada. Este es una especie de  mundo infinito, de tiempo desconocido y de velocidad ignorada. En sus vídeos –se utilizan en muchos momentos- nos enseñan imágenes de física matemática de líneas espirales que señalan difíciles formas de movimientos; son impresiones que no podemos relacionar,  y que nos dejan en lo misterioso. Hablan también del Caos. O del No.
    En esta visión, la joven compañía desarrolla la función entre el pesimismo y el anuncio del final fracasado. La escenografía divide las acciones en cuatro espacios. Uno de los actores –todos hacen un estupendo trabajo- dialoga con sí mismo, y lo explica al propio espectador con la sala encendida; en otro lugar, veremos una habitación con abundantes libros apilados, que al curioso personaje no le sirven apenas de nada; en una leve aula de clase,  discuten dos alumnas –uniformes de colegio privado- sobre temas que –por nuestra culpa-  no hemos terminado de entender, exactamente, qué es lo que provoca tales gritos: son notables las dos actrices; y el cuarto lugar, junto a una cama, muestran sus personajes  el  permanente pesimismo.
    El montaje utiliza varias escenas en forma de danza coral –calidad coreográfica  de Pablo Espert e Irene Ballester-, con tensiones y violencia entre músicas, siempre con la desesperación, y cercano al Teatro Danza (estilo que ha ido desapareciendo en sólo unos años).
    En el vídeo, de generosa pantalla, lo que más inquieta es un gran ojo cuya pupila observa, pestañea, vigila, tal vez anuncia el final: serán imágenes de la destrucción, con edificios que van derrumbándose. Y, al mismo tiempo, suena –fuerte sonido- la canción operística conocida y estremecedora: “Una furtiva lágrima/ brotó desde sus ojos. Aquellas alegrías de jóvenes/ parecieron ser envidiadas” (Una furtiva lagrima/ negli occhi suoi spuntò. Quelle festose giovani/ invidiar sembrò). Ha querido esta compañía transmitirnos el fin del mundo. No había posibilidad de salir de la decadencia.
    Es una buena función, aunque las comunicaciones o diálogos son muy escasos. Y los intérpretes lo hacen brillantemente.
Enrique Centeno

Pato a la naranja **

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Autores: William Douglas-Home y M. Gilbert Sauvajon.
Versión de Juan José  Arteche.
Intérpretes: Isabel Gaudí, Tomás Gayo, Charo Soriano, Arantxa del Sol,
Julio Escalada.
Escenografía: Anselmo Gervolés.
Dirección: T. Gayo, J. Escalada.
Teatro: Real Cinema. (28 7.2000)
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 Aquellas comedias de antes

Hace unos veinte años, la comedia era ya famosa y la paseaba Arturo Fernández con mucho éxito. El crítico, que aún no ejercía como tal, sintió curiosidad, y se coló un día en una representación; aguantó unos veinte minutos, antes de ganar la salida, pensando que lo que allí se contaba nada tenía que ver con la realidad, y que el retrato de esas relaciones y reacciones estaba a años luz ya del mundo que le rodeaba. Como en esta ocasión, la repone una compañía relativamente joven, hemos acudido con la idéntica curiosidad por saber qué pasaría en el estreno de esta noche en en Teatro Real Cinema.
    Pato a la naranja ha querido ser situada en nuestros días, en los que sus personajes se suponen de hoy: un lenguaje algo más abierto –no mucho: es una obra para la burguesía-, con términos actuales –no todos: ya no hacen falta los calificados “culpables” para que se conceda el divorcio- y rico diseño de modernidad en decorado y vestuario. Por lo demás, la función sigue siendo la misma. Un clásico de la comedia que, de tanto haber sido imitada, ya se ha vuelto una copia de ella misma. Lo peor -ya queda dicho-, es que no habla de nuestras cosas, de lo que de verdad pasa a nuestro alrededor, sino de lo que podía haber pasado en cierta sociedad británica de hace casi treinta años.
    No lo hace mal la compañía. Son todos veteranos jóvenes, unos de las tablas, y alguna del plató, la pasarela o las fotos para la prensa rosa. A mí quien de verdad me gusta es Charo Soriano, claro está: es la actriz segura, de recursos, certera en sus intervenciones (hace de Martirio, la criada); todos los demás están eficaces, con las limitaciones que ya conocemos en cada uno de ellos (Tomás Gayo blandito, Julio Escalada esquemático; mejor Isabel Gaudí; ah: ella, la modelo, la famosilla Arantxa del Sol está bien: queremos decir que sabe estar, hablar, que tiene soltura, porque, de lo demás, no hace falta contar a nadie cómo está).
La percepción no es unívoca, pero nos dio la impresión de estar ante un dudoso éxito, un bombazo de humor en el que se soltaran tantas carcajadas a los intérpretes, a tenor de ciertas pausas o mutis muy pensados para esperar las risas. Se aplaudió, ciertamente. En un estreno de los de hoy, eso es poquísimo.
Enrique Centeno

Ocho mujeres **

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Autor: Robert Thomas.
Adaptación de Juan José Arteche.
Intérpretes: Queta Claver, Elisenda Rivas, Elena Maurandi,
Ana Labordeta, María Luisa Merlo, Verónica Luján,
Eva Higueras, Yolanda Farr.
Escenografía: José Miguel Ligero.
Dirección: Ángel García Moreno.
Teatro: Fígaro. (4.10.1999)
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Una divertida madeja

El desdichado y único hombre al que no se ve nunca en esta comedia, vive entre ocho mujeres. No es extraño, pues, que aparezca asesinado de una puñalada por la espalda, y, como alguien comentaba en el entreacto, que quizá una de ellas le había clavado el cuchillo, y las demás hubieran ido empujándole después, una a una. La ocurrencia, ciertamente macabra, surgía, sobre todo, porque la obra une el misterio del crimen con muchos momentos de humor, y porque sus diálogos, muy bien construidos, cambian de registro permanentemente, dosificando las risas y el misterio con extraordinaria habilidad.
    Robert Thomas, autor ya desaparecido, sigue los pasos de su maestra, Agatha Christie: ir descubriendo falsas coartadas, introducir pequeños engaños e ir retratando al mismo tiempo, a los diferentes personajes, para llegar al final imprevisto, y absolutamente imposible de adivinar. En la línea de la famosa autora, yo creo que Thomas es mejor constructor de comedia, y que su carpintería teatral denota un conocimiento específico de la escena superior al de aquélla. Su frescura y sentido del humor son, además, elementos diferenciadores dentro de este género al que últimamente nuestro panorama teatral está prestando una insólita acogida (La ratoner, La dama de negro, La huella) en lo que venimos en llamar teatro de evasión.
    Esa agilidad, ese sentido del humor al que nos referimos, precisa de manos expertas, de una habilidad especial para dosificar sorpresas, acciones secundarias, movimientos escénicos y un determinado clímax que, en este caso, el director, Ángel García Moreno, ha empleado con su habitual y reconocida sabiduría. Y se comprenderá que, tratándose de ocho intérpretes femeninas, la calidad está garantizada, porque entre nosotros abundan las espléndidas actrices de teatro. Veteranas unas, como Elisenda Ribas o Queta Clavel, ambas formidables; incombustibles otras, como la admirada María Luisa Merlo –con una pierna enyesada que no la impide, valientemente, mostrar su dominio escénico, su atractiva presencia que todo lo llena-; o más jóvenes como la excelente Ana Labordeta, y la adolescente Eva Higueras en un trabajo lleno de brío y de talento. Forman, junto a Elena Maurandi, Verónica Luján y Yolanda Farr, tres generaciones entrecruzadas –todo aquí se mezcla, como pide el género-, que en un precioso decorado de José Miguel Ligero tejen una madeja imposible de devanar.
Enrique Centeno

Misión al pueblo perdido **

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Autor: Antonio Buero Vallejo.
Intérpretes: Manuel Galiana, Juan Carlos Naya, Paula Sebastián,
Arturo López, Fito López, María Vidal, Joaquín Molina,
Manuel Gallardo, Pepe Sanz, David Zarzo, Sergio Fernández.
Escenografía: Fancisco Sanz.
Diseño de proyecciones: Carlos Abad.
Dirección: Gustavo Pérez Puig, Mara Recatero.
Teatro: Español. (8.10.1999)
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Buero, la guerra civil como paisaje

Hace ahora cincuenta años que Buero subió por primera vez al escenario del teatro Español, en aquel 1949 en el que “Madrid era una ciudad de un millón de cadáveres”, como escribió Dámaso Alonso, en un verso que sirvió de título al estudioso de Buero, Ricardo Doménech, para analizar su Historia de una escalera. Obra que, si no resucitó a nadie, sí constituyó un revulsivo para los anales de la historia del teatro español del último medio siglo. Este estreno tiene, en ese sentido, un aroma de homenaje, de celebración, de cariño al gran autor.
    Suenan y se funden los himnos del Cara al sol con A las barricadas, con la Marcha Real, con el Puente de los Francese, antes de levantarse el telón: Buero ha querido volver al conflicto de la guerra civil española porque, según afirma, “los hombres no podrán superar sus miserias si no las tienen muy presentes”. Y sin embargo, en esta última obra utiliza un imaginado episodio de la guerra civil para universalizar conflictos situándose, él mismo, en un terreno neutral desde el cual reflexiona sobre la tolerancia o el fanatismo. Su valentía como escritor que padeció la cárcel y la condena a muerte por la facción sublevada, consiste en que, de alguna forma, la contradicción la provocan, precisamente, los personajes del bando leal a las instituciones. Veamos: La misión al pueblo desierto consiste en recuperar, por parte de dos milicianos, un cuadro de El Greco que un pintor custodia, junto a las líneas fascistas, para evitar que caiga en sus manos. Y es el encuentro de estos personajes el que produce la contradicción o la pugna que Buero plantea. El cuadro corre peligro en su traslado, para evitar que cayera en manos de los enemigas. De modo que el pintor, de nombre Plácido, ejerce de árbitro entre el riesgo y la necesidad. Trata de conciliar posturas ante los milicianos, entre los cuales también hay diferencias de criterio. Como se ve, Buero elige como metáfora del conflicto una pintura, esa pasión suya que aflora en otras obras, como en El sueño de la razón o Las Meninas.
    Tampoco el procedimiento dramático es nuevo: en realidad, todo lo que el espectador ve es la escenificación de una supuesta lectura que se hace en una Asociación Cultural, que rememora así aquel episodio presuntamente verídico (también ha surgido, por cierto, un conflicto entre los miembros de esa entidad sobre si debe ser leído o no). Recurso similar al de su obra maestra, El tragaluz, con elementos distanciadores del teatro de Brecht (es una evidencia que el profesor Mariano de Paco ha señalado, frente a ese “efecto de inmersión” que acuñó Doménech y que nunca hemos entendido ni compartido).
    En cuanto a la estructura del drama, que naturalmente no ofrece salida ni solución alguna, este se desarrolla en dos partes, vigorosa y sugerente. La primera y ciertamente tediosa; la segunda, donde el autor pierde el tiempo con diálogos verdaderamente cansinos e innecesarios (puede estar largos minutos explicando cómo embalar el cuadro, cómo transportarlo, atarlo, sujetarlo al pasajero), con esa prosa cuidada, perfecta y en ocasiones no apropiadas para el nivel del lenguaje que se supone a los diferentes personajes (es una tendencia del autor, que ya ha mostrado en sus últimos títulos).
    El montaje, que firman conjuntamente Gustavo Pérez Puig y Mara Recatero, ha querido retratar la irrealidad del relato –es decir, el hecho de que sea una imaginada lectura- mediante decorados ficticios, conseguidos a base de proyecciones en una pantalla gigante, delante de la cual se mueven los actores. Si conceptualmente la idea parece apropiada, el resultado es, cuanto menos, extraño. Porque esa corporeidad que da su propia característica al teatro, se pierde en la fusión cinematográfica que, paradójicamente, cobra un realismo contrario a lo que probablemente se pretende. Y si este planteamiento de la puesta en escena es discutible por lo apuntado, es sin embargo notorio y ostensible el mediocre reparto o la nula dirección de actores. Conocemos la maestría de Manuel Galiana, desde luego, y da la impresión de hacer su Plácido más con su propia sabiduría que con la adecuación a las situaciones; es lo mismo que le sucede a Paula Sebastián; en tanto el resto el reparto desfila casi literalmente por escena en intervenciones grises o sencillamente penosas, como es el caso lamentable y fundamental de Juan Carlos Naya.
    Ya se ha indicado que el estreno sobrepasaba el acto de la propia representación. Se puso en pie el teatro para saludar a su autor, que saludó y se dirigió al público: “Estrené aquí mi primera obra hace cincuenta años. Mi gratitud, que me permitirá continuar seguir siendo autor de teatro en España”. Todos lo esperamos.
Enrique Centeno

Memorias del ombligo del Mundo ***

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Autor y director: Juan Fernando Cerdas.
Intérprete: Rubén Pagura.
(Compañía Teatro Quetzal). 
Teatro: El Canto de la Cabra. (18.8.1999)
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Cuentos de la isla de pascual

Tras el excelente monólogo de Molly Bloom, la sala El canto de la Cabra ofrece, en la placita aneja a su local otro interesante trabajo unipersonal que va consolidando el curioso espacio en el yermo estío teatral de Madrid.    
    El Ombligo del Mundo es la traducción de Te pito te Henua, una de las denominaciones de Rapa nui o isla de Pascua, como fue bautizada por los holandeses. Aislada en el pacífico, sus enigmáticos monumentos o moais han provocado diversas fantasías, y en esta obra se cuenta una más de ellas que sirve al autor de curiosa parábola. El texto posee esa ingenuidad del cuento, de la historia casi infantil que trata de aleccionar y cuyas conclusiones aparecen algo confusas.
La fascinante fábula cuenta cómo llegaron a la isla un centenar de hombres procedentes de América y dominaron a los habitantes originarios que, como se sabe, procedían de la Polinesia. La leyenda atribuye a unos y a otros las denominaciones de “orejas largas” y “orejas cortas”, y es el material que le sirve al autor Fernando Cerdas para imaginar cómo se produjo el sometimiento de la población, su esclavitud y el fin de su propia cultura. Como toda parábola, encierra su moraleja: el avance de la técnica –aquí la construcción de los gigantescos moais- va terminando con la primitiva economía de subsistencia -la agricultura, el trueque, el cooperativismo- y provoca consecuencias funestas de desigualdad, hambre y agresión a la naturaleza. El texto es un canto a la sencillez, al primitivismo, al estatismo que la civilización de la isla debió conservar para no perecer. También, claro está, un alegato contra la explotación y el esclavismo, aunque la asociación de todo ello no obedezca a planteamientos coherentes o dialécticos.
    En todo caso, interesan las historias que el actor va desgranando. Él es Rubén Pagura, veterano del teatro de Costa Rica, que posee unas prodigiosas facultades para cambiar de registros encarnando a numerosos personajes dentro de sus relatos, hechos al modo de un cuentacuentos. Juega asimismo con técnicas de mimo, e interpreta canciones autóctonas intercaladas en los diversos pasajes (es también cantautor y compositor de música para distintos montajes teatrales). Su virtuosismo y singular capacidad son el verdadero sustento de un espectáculo que se sigue con placer tanto por lo narrado como por la admiración que él mismo suscita.
    Juan Fernando Cerdas no es un autor conocido entre nosotros, y la  larga trayectoria en su país difícil de conocer, porque las referencias que poseemos están hechas por un estudioso especialmente conservador (Dispárenle al crítico, de Andrés Sáenz, Universidad de Puerto Rico). Seguiremos en la misma situación, ya que este texto da la impresión de alejarse del resto de su dramaturgia, y pensado expresamente para su intérprete (con el que fundó el Teatro Quetzal, nombre de la compañía, que ya visitó esta misma sala hace un par de años). Lo que aquí consigue, en todo caso, es una poética casi mágica cuyo primitivismo argumental el público sigue con una especie de encandilamiento infantil, apenas roto por alguna clave distanciadora. Al excelente actor se le dedicaron, en un día de función no de estreno, a la que asistimos, muchísimos aplausos sin duda merecidos.
Enrique Centeno

Me sale de mi cabecita ***

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Espectáculo creado e interpretado por Alexis Valdés.
Teatro: Alfil. (17.9.1999)
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Tremendo cubano


 A pesar de su juventud, Alexis Valdés lleva en su maleta unos cuantos premios, como actor y humorista, en Cuba, y no hace mucho decidió traérselos a España y buscar aquí acomodo escénico. Me sale de mi cabecita  es un espectáculo que tiene muy ensayado y con muchas representaciones detrás, sin que haya perdido frescura. De modo que da la impresión de que lo hace por vez primera: se ríe de él mismo, parece disfrutar con sus historias, y se hace amigo del público, de forma natural, afable. Se le puede calificar de showman, pero muchas cosas en él delatan que es, sobre todo, un excelente actor, que posee, como valor añadido, la inteligencia de preparar sus propios guiones muy elaborados, donde la chispa, el regocijo continuo, se mezcla con una burla permanente hacia todo lo que le rodea.

         Dice el actor, al comenzar su actuación, que han llegado a confundirle con Dios, licencia que le permite el sueño del todopoderoso; lo que haría y lo que no haría (con los hombres, con este intransigente Papa, con él mismo), y logra paradojas y sinsentidos verdaderamente desternillantes. Y es capaz de pasar, desde esa fingida vanidad, a burlarse de su persona, a realizar afectos, pero tremendas sátiras sobre Cuba, sobre sus gentes, sobre la negritud, sobre el imperialismo norteamericano.
         Lo más interesante de Alexis Valdés es que no trabaja para el público memo, que suele ser el destinatario de la mayor parte de los humoristas en solitario. Sin el histrionismo de Leo Basi, sino más cerca de la acidez cálida de Pepe Rubianes. Sus comentarios y reflexiones contienen siempre complicidades para un público que se mueve en sus mismas claves (en ese sentido, cabría hacerle una objeción: la canción Manuela y sus alusiones a Julio Iglesias, que es la tentación vulgar de todos).
         El teatro Alfil es un buen ámbito para este espectáculo y para su público, fundamentalmente joven, y que desea recuperar el humor devaluado que suele aparecer en la televisión. A Valdeés se le veía feliz después de terminar su hora y media de incansable trabajo, porque el público, entusiasmado, le  dedicó muchísimos aplausos al final.
Enrique Centeno

Más o menos amigas **

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Autor: Jaime Salom.
Intérpretes: Silvia Tortosa, Montse Clot, Nicolás Dueñas.
Escenografía y dirección: Manuel Galiana.
Teatro: Reina Victoria. (25.8.1999)
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Jaime Salom
El excelente escritor Jaime Salom ha presentado su casi fijo estreno anual, en esta ocasión anticipándose al inicio de la temporada. El drama Mariposas negras, el policiaco La trama y la comedia histórica El otro William, sus últimos estrenos, hablan por sí solos de una escritura y una imaginación versátil, también con diferentes resultados. Esta Más o menos amigas nació hace ya unos años con otro título, Una noche con Carck Gable, y se estrenó en el teatro Thalía, de Nueva York. La comedia fue creciendo en su escritura y, lo que era prácticamente un monólogo, se construye ahora corporeizando a otro personaje, la amiga-hermana que la protagonista evocaba entonces.
    En realidad, estas dos amigas son hermanas, reencontradas bajo un mismo techo después de largos años de separación. Lo que importa es el contraste de ambas vidas, de actitudes vitales muy diferentes: el conservadurismo de la una –la actriz Montse Clot, que debuta en nuestros escenarios pero que ya hizo la primitiva función en el estreno citado- y el alocamiento bohemio de la otra –Silvia Tortosa-, a las que el autor ha querido hacer ama de casa obsesionada por el orden, y actriz buscando el triunfo, respectivamente. Con este material, Salom crea una serie de encuentros no estructurados rigurosamente, sino más bien como cuadros sueltos y largos parlamentos, o monólogos que delatan el origen de la primitiva escritura. La reafirmación de cada una de ellas en sus roles vitales, los recuerdos de su primera juventud juntas, las permanentes discusiones que no impiden el afecto de fondo.
    Ya se comprenderá que estamos ante una comedia amable, simpática, donde abundan los chistes y el humor, que trata de presidirlo todo. Es un género más difícil de lo que puede parecer, y sus primeras representaciones deberán servir para limar muchas imperfecciones, inseguridades de interpretación, incluso deficiencias mecánicas que se observaron en la siempre nerviosa noche del estreno. Que es, sin embargo, la que el crítico debe comentar aunque en ocasiones, como ésta, le resulte especialmente incómodo.
Se ha cedido la dirección del espectáculo a Manuel Galiana. Y ha ideado éste una escenografía que parece querer evocar una pista de circo, marcada por elementos multicolores que conforman un semicírculo pero que, al mismo tiempo, son tapados por feos elementos de mobiliario convencional. Una cadeneta de luces y un horroroso ciclorama dorado completan el pastiche cuya aparición, apenas alzado el telón, produce incomodidad. No es este el único error del admirado actor, porque su dirección es claramente insuficiente tanto en lo que se refiere a construcción y clarificación de personajes, como al juego escénico y al difícil y depurado ritmo que el género exige. La comedia, además, da la impresión de estar escasamente ensayada, como hecha todavía a medias. Y el resultado es, por todo ello, endeble y, por qué no decirlo, incluso aburrido.
    Esa sensación de función sin terminara alcanza, como es natural, a los intérpretes. Es insuficiente la soltura habitual de Silvia Tortosa, porque le faltan los matices y la agudeza de su personaje; le ocurre lo mismo a Montse Clot, que acusa de modo más ostentoso la falta de trabajo; y hace un brillante pero convencional trabajo Nicolás Dueñas, en el anti-galán que otorga un cierto ingrediente de enredo, también con el procedimiento del largo parlamento. En suma, y aun tratándose de un juguete ligero, lo que se percibe es que el talento de Salom está muy por encima de este producto.
Enrique Centeno

Martes, 3.00 a.m. Más al sur de Carolina del Sur ***

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Autor: Arturo Sánchez Velasco.
Intérpretes: Mélida Molina, Roberto Enríquez,
Alberto de Miguel.
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. 
Dirección: Luis Miguel González Cruz.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (17.9.1999)
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En el bosque de un aparcamiento
El Astillero es un colectivo formado por algunos de los más interesantes creadores de la nueva escena que emerge. Suman entre ellos varios e importantes reconocimientos, y ofrecen singularidad, riesgo y calidad. El director de este espectáculo, Luis Miguel González Cruz, es premio Calderón de la Barca y acaba de ganar el Lope de Vega, pero demuestra aquí, como autor de la puesta en escena, que conoce muy bien este oficio. Por su parte, Arturo Sánchez Velasco fue el último galardonado con el Marqués de Bradomín para jóvenes autores (tiene ahora 25 años).
Este Martes, 3: a.m... es un texto de riesgo, sin contaminar, sin imitación a nadie. Transcurre en un aparcamiento subterráneo muy particular, con carril-bici y un extraño habitante que ha acampado en una de las plazas. Una especie de demiurgo y de rebelde derrotado, cuyos conocimientos y cierta perversidad, contrastan con la inocencia de los otros dos personajes. Mia es una joven desconcertada, ingenua, perdida en el bosque de los pilares de cemento; busca -no se sabe qué- en un mapa, corre, huye, y regresa siempre sin encontrar respuestas a sus reflexiones de mente muy primaria (“O me ahogo o me muero de sed”, se dice a sí misma). Quien la persigue, y a quien ella persigue a su vez en el bosque de pilares, es Don, otro desconcertado con un pasado absurdo. Hablan de soledad sin referirse a ella de forma expresa, de amor, de amistad y de desolación sin que parezcan percibirlo ellos mismos, en un lenguaje de una poética muy sencilla y llena de humor. Se entienden, se odian y parecen pertenecer a otro mundo, o quizá al mundo mismo del aparcamiento en el que se han encontrado (es la cita a la que alude el título).
Los textos, estructurados en numerosos cuadros cortos., se cohesionan muy bien y ofrecen un retrato que se acepta como algo real y natural, gracias también a la excelente dirección. Y, desde luego, a sus tres espléndidos intérpretes, Mélida Molina –magnífica en su gracilidad-, Roberto Enríquez –dicción, presencia, y Alberto Miguel, –la veteranía y la sabiduría  de construcción del personaje-, que se mueven por la buena escenografía de Elisa Sanz.
Enrique Centeno

Maravillas de Cervantes ****

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Autor: Miguel de Cervantes. 
Versión de Andrés Amorós. 
Intérpretes: Esteve Ferrer, Anna Briansó, Nacho de Diego, 
Juan A. Codina, Fernando Sansegundo, Pilar Massa, Cristina 
Samaniego, Jesús Hierónides, Rafael Ramos de Castro,
Goizalde Núñez, Gregor Acuña, etc. 
Escenografía y vestuario: Joan J. Guillén. 
Dirección: Joan Font.
Teatro: La Comedia (Compañía Nacional de Teatro Clásico) 
(4.2000)
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Maquta
Circo y comedia del arte
La Compañía Nacional de Teatro Clásico inicia una etapa en la que su nuevo director, Andrés Amorós, tratará de rescatarla del desastre en la que se encontraba sumida en las últimas temporadas. El propósito es, al parecer, incorporar la vanguardia escénica, o la modernidad, a los textos clásicos, algo por lo que había apostado esta Compañía desde su fundación pero que se había perdido. Como paradigma de esa innovación, Amorós ha elegido, como primer director invitado, al irreverente Joan Font, bien conocido por sus lúdicos trabajos al frente de la compañía Els Comediants. No es mal comienzo, aunque, como es natural, puedan hacerse algunas objeciones al resultado.
    El subtítulo de estas Maravillas de Cervantes –en alusión a la pieza maestra de El retablo de las 
maravillas-  reza: Entremeses, magias, engaños, habladurías, elecciones, celos, hipocresías y otras fiestas. Las fiestas, como es natural, las añade Font. Lo demás está en Cervantes, cuyo teatro, como escribió en El Quijote, es “espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres  e imagen de la verdad”. Se trata de cinco entremeses cuyas versiones ha hecho el propio Amorós, y que se entrelazan mediante fragmentos de Los habladores, cuya autoría es, como se sabe, muy dudosa, pero que sirve bien para que sus pasajes funcionen como diminutos entremeses entre los otros grandes. El trabajo de adaptación clarifica vocablos y expresiones, creo yo que en ocasiones innecesarias y que nos distraen dichos o palabras clásicas que forman parte de nuestra memoria lingüística, pero que Amorós debe considerar anacrónicas.
Calificados, tradicionalmente, como de "teatro menor", nadie duda de la grandeza de estas pequeñas obras maestras. Algunas, como El viejo celoso, recogen tradiciones culturales que han llegado hasta nuestros días, y que tenían ya sus antecedentes; otro tanto pasa con El retablo de las maravillas, posiblemente el mejor entremés del siglo de oro, tomado también de antiguos relatos. Pero en cada título, en cada tema, aparece el humor crítico, la ironía y la consciencia de nuestro escritor.
Lo que hace Joan Font es, exactamente, lo que se espera de él: una fiesta de la dislocación, una mezcla de circo, de comedia dell’arte, de acrobacias y músicas. Vestuarios de fantasía con evocaciones a la vieja comedia italiana –inequívocos en algunos casos- e incluso máscaras también de aquel teatro; un juego escénico vivo, imaginativo, en un decorado como portátil o prefabricado cuya estética, a diferencia de los elementos anteriores –todo este trabajo es de Joan J. Guillén, con invenciones permanentes- es, sin embargo, feo y convencional. Tanto circo, tanta acrobacia, tanta búsqueda de la sorpresa estética, apagan a veces el texto, y en algún caso –en El Retablo, sobre todo- diluyen la fuerza dramática o crítica en aras de la búsqueda permanente del humor y del ritmo.
Toda la interpretación es impecable, bañada por ese espíritu inconfundible de su director, y con él se mueven, animados, rigurosos, divertidos y excelentemente preparados todos. Es un espectáculo, en todo caso, evanescente, y de él queda más en la memoria la forma que el fondo, porque no se ha encontrado el equilibrio entre Cervantes y la diversión propuesta, aunque ésta, sin la menor duda, se consigue sobradamente.
Enrique Centeno

lunes, 12 de diciembre de 2011

Agosto (Condado de Osage) ****

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Autor: Tracy Letts.
Traducción: Ana Riera.
Versión: Luis García Montero.
Intérpretes: Amparo Baró, Sonsoles Benedicto, Alicia Borrachero,
Irene Escolar, Gabriel Garbisu, Antonio Gil, Carmen Machi,
Markos Marín, Miguel Palenzuela, Chema Ruiz, Clara Sanchis,
Marina Seresesky, Avel Vitón.
Escenografía: Max Glaencel.
Vestuario: Iluminación: Felipe Ramos.
Videoescena: Álvaro Luna.
Dirección: Gerardo Vera.
Teatro: Valle-Inclán (CNT). (7.12.2011)
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El fantasma americano

La primera frase de la obra es “¿Qué larga es la vida… T. S.  Eliot”. Es lo que  lee, en uno de sus numerosos libros, el ya viejo Beverly –lucimiento del actor Miguel Palenzuela- en sus largas referencias al suicidado poeta; el desencanto, la inaceptable frustración. Lo siguiente que oímos -en off-, es: ¡Hijo de puta…! , en el grito de su esposa, Violet.  Beverly aconsejó, y cedió sus libros a la inocente empleada, Johnna “India”, siempre presente  -perfecta Marina Seresesky-, y, tras su mutis, nunga más se el volvió a ver. Sabbremos, avanzada la representación, cuál fue su adivinado final.
El autor Tracy Letts (Tulsa (Condado de Osage, Oklahoma, 1965) anuncia enseguida  el drama realistaque se desarrollará en una vieja y descuidada casa de madera, familiar, con dos pisos y el sesván adaptado como habitación. Sin ventanas abiertas al exterior: es el encierro, el aislamiento. Aquí sucederán cinismos, mentiras y enfrentamientos, adorndos con un negro humor de rupturas, quizá inspirado en los temas de Eugene O'Neill -Largo viaje de un largo día hacia la noche- o del principal Tenneessee Williams (cómo no recordar también a La familia encantadora de Bliss, del británico Coward). 

Ha asistido al entierro toda la familia, procedente ”de aquí y de allá”: tres generaciones en las que  la única esperanza de la profunda america será Jean, de 14 años -sorprendente la increíble y jovencísima actriz Irene Escolar-, la nieta del avispero familiar. Son tres hijas –ocultemos alguna sorpresa-, la casada, la enamorada –Clara Sánchis y Borrachero, muy bien- y esa abeja reina, Barbara, que creará Carmen Machi.
Al regresar del pueblo, se ponen en marcha los aguijones. La hija enamorada, Ivy –muy bien Alicia Borrachero-, del supuesto y mucho más complicado  primo; el marido de Bárbara –ya lo diremos-, Bill, infiel y seductor con sus alumnas -siempre destacado Antonio Gil-; la casada menor –lo hace con inteligencia Clara Sanchis- que soporta a un marido – lo trabaja Gabriel Garbisu- capaz, nocturnamente, de aprovecharse de la  adolescente Jean; la tía de las hermanas, Mattie, gran observadora, que  en el ardiente agosto -un fantasma asfixiante de la casa- sabía bien lo que  ocurría -es la siempre admirada Sonsoles Benedicto-. Qué placer da escuchar a todos los magníficos intérpretes del reparto.
Fotografías de David Ruano
Palabras mayores son ya las de Amparo Baró -Violet-, a quien no veíamos hace tiempo fuera de las pantallitas. Una especie de Bernarda que, al quedar viuda, intenta mandar en la casa; que padece una cierta enfermedad mental, a veces llena de pastillas,  con palabras incorrectas,  y, en todo caso, hablando continuamente: le diagnosticó  su cansado marido un “cáncer de boca”. Ordena, exige, se opone o desprecia; tanto desde su cama, por las  escaleras, sujetándose a la barandilla, subiendo por allí a cuatro patas, como golpeando en la sala de estar: es toda la amargura que le impide liberarse del dolor. Baró hace un dramático personaje que pasa igual de la tragedia, la ironía o la desesperación, al amor perdido. Todo lo que le pidan.
Con la alta calidad de todos, es natural que se esperara ver de nuevo a Carmen Machi, continuamente en las tablas -quince años lleva-, y que se ha hecho conocer por la televisión. Es Bárbara, engañada y cansada del marido que decide divorciarse de ella. Fuerte, enérgica, es la voz alta capaz de dominar el carácter de todos. Lucha, incluso físicamente, y en los diálogos con la madre,  se enfrentan midiéndose mutuamente; hay momentos de apasionantes luchas. “¡Ahora mando yo aquí!  ¡Aquí mando yo!”, gritó ante la familia mientras se cierra el segundo acto. Pero no será así.
La arquitectura escenográfica del siempre creador Max Glaenze, con la sabia iluminación de Felipe Ramos, compone ese vetusto caserón en las horas agotadoras. Y en él hace Gerardo Vera quizá el mejor montaje que ha dirigido, cuidando con talento a los actores, el ritmo, los movimientos, las tensiones y juegos corales.  El texto le ha permitido un verdadero espectáculo.
Hacía mucho tiempo que no veíamos tantos aplausos finales, con el público en pie y entre bravos. Eso hicimos todos.
Enrique Centeno