viernes, 29 de julio de 2011

Loco *

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Espectáculo creado e interpretado por Moncho Borrajo
Escenografía: Gerardo Trotti.
Teatro: Reina Victoria. (4.10.2000)
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Un obseso en el frenopático

Quizá lo que diferencia este espectáculo de los anteriores que conocemos de Moncho Borrajo es que el show está montado alrededor de un único personaje, hilo conductor de todo cuanto el cómico voceará con una amplificación ensordecedora. Puede que este detalle, el de los decibelios desmesurados, forme parte del tono prepotente, insultante a veces, que muestra hacia el público, tanto desde el escenario como cuando baja al patio de butacas para hacer subir a los espectadores a escena (“vaya tetas que tienes, hija”, “tienes cara de aburrido, debes follar fatal”, y cosas por el estilo).
        El personaje que se monta este peculiar cómico es el de un interno de un manicomio. Es homosexual, circunstancia que repite insistentemente bromeando con los tópicos más conocidos. Aunque, desde luego, la invención de un personaje no le hace abandonar ese ego permanente que le caracteriza: en sus discursos, es su propio nombre lo que más se escucha, porque Moncho Borrajo es de esos showman que creen –y no es el único- que es su pensamiento o su propia vida, que debe interesar más que cualquier historia imaginada.
    Lo que en esta ocasión nos quiere transmitir gira, casi exclusivamente, alrededor de la consabida tetralogía escatológica que él mismo anuncia: “caca, culo, pedo, pis”. Y, desde este frenopático en el que se encuentra, recuerda, parodia, se burla o añora anécdotas o retratos basados en las formas y modos de estas funciones fisiológicas. La verdad es que termina uno hasta el culo –permítasenos, para ponernos a su altura- de tanto excremento, tanta orina, tanto pedo cuya presunta gracia apenas asoma en media docena de ocasiones.
   En realidad hay alguna cosa más en el espectáculo: la caricatura regionalista inevitable –como caga o se pede el catalán, el vasco o e aragonés; cómo son los “maricones” de aquí o de allá- o su repaso crítico –tramposo en su timidez, al menos la noche del estreno- a las revistas del corazón, su pavor a la televisión –de la que sólo menciona un programa, ya del pasado, es decir, también con trampa, como cubriéndose las espaldas-. Y, naturalmente, no renuncia, entre permanentes autoelogios, a sus facultades de versolari con aparentes improvisaciones. Al final, retoma esa vena sentimental que en otros espectáculos asoma con más frecuencia, con la narizota de payaso. Pero es ya muy tarde, tras tanta fisiología, para que su homenaje al teatro y a los cómicos parezca sincero. Más bien da la impresión de querer aplicar un bálsamo tras tanta caca y tanto sonido estruendoso. “Yo soy loco y lo que me salga de los cojones”, asegura este artista. Lo que esta vez le ha salido parece, efectivamente, que ha sido de ahí mismo.
Enrique Centeno

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